Los delirios del caminante de cuchillas
Parte I
Los frutos de pensar
Después de años de gestación,
me desperté bañado en sangre,
me vomité en mi propia boca,
tuve que girarme para no morir,
he abortado mis ideas,
eran deformes y se deshacían…
como la plastilina,
Hecho de menos un abrazo,
de la mujer que quiero,
o de ese ángel que es mi hermana,
o de esa amiga,
que vio a través de mis ojos,
a través de la niebla de mi espíritu,
me vio desnudo y transparente
y siguió siendo mi amiga.
Parte II
El gusto de la nada
Hoy fumé mi ultimo cigarro
sabía igual a la nada,
el aire tenía mas sabor,
después caminé a mi casa,
buscando calor, en vano,
no sé sentir calor.
Todavía tengo que comulgar contigo,
beber mi sangre y comer mi cuerpo,
inclinarme ante mi mismo,
confesarme mi gran pecado,
que me tortura, que me arde,
después vendrá el descanso,
las piadosas lagunas del olvido
que es lo que más deseo,
un abrazo infinito
que nunca se podrá romper.
Parte III
El horror cósmico
Mis temores... ¿Qué son mis temores?
Os los presento, aquí están todos:
los que llegan al horizonte, los que no,
los que viven en mí y los que me persiguen,
he aquí mis temores recurrentes,
también están los que nunca volvieron,
y los que nunca han existido,
los que yo dominé, los que me vencieron,
y los que dominaron mi voluntad,
Ninguno mas queda.
También yo soy un temor,
para mí y para los mios...
¿Quién no le tiene miedo a los locos?
¿Quién no busca causas en una carcajada?
¿Quién cree que de él se han reído?
Eran esos camareros los que se burlaban,
cabizbajo no volví a mirarlos,
así los condené a no ser recordados.
Parte IV
Objeto de seducción
La jeringa me seduce y me reclama,
como el neón del burdel donde nunca entré,
es la curiosidad necia, que gusta en molestar,
hacerme abrir libros, presentarme a gente,
conocer lo bueno y lo que digo yo es malo,
para después pensar, pensar mucho,
y no llegar a ninguna parte…
pero ahí sigue la jeringa, el fin de toda pena…
Lo haré, algún día,
cuando empeñe mi alma para comprar algo de valor,
y así hacerlo sin miedo, que siempre es mejor.
Parte V
El paraíso en mi mesa
Pasaron los días sin ver la taza llena,
sin el humo tapando todo, era el infierno.
¿Donde estaba el paraíso?
¿Dónde lo encontré?
En una mesa llena de papeles y buenos
libros, en una botella de ron, casada
con un paquete de cigarros de verdad.
No había compañía, ni falta hacia,
los diálogos eran sordos y ante la pared,
que tan sabia era para escuchar,
y las manos danzaban de la pluma,
al cenicero, a la taza, buscando sin pausa,
una idea escondida en las marcas
de madera, en las manchas de la pared,
en las arrugas de mis manos,
en el humo del tabaco…
lástima que fuera solo tabaco.
JavierElorza