Eran
Eran los jinetes espantosos,
dueños de tormentas y eriales,
eran los cabellos derramados
en honor a los años y los pesares,
sobre el tablero de la vida
como alfombra a nuestras majestades.
Era el aliento que se escapaba,
cada vez que alguien moría
en nuestros brazos, pidiendo venganza.
La sombra con orejas,
susurrando insultos durante la madrugada,
mientras me agazapaba en la almohada.
Una pizarra negra como los corazones,
que la tiza blanca violaba,
sin descanso ni tregua, hasta machacarla.
O la luz del teléfono, recurrente estrella,
que parpadeaba en medio del parquet,
y volvía loca mi cabeza.
Y al final las estepas gélidas,
los chacales de piedra, el cadejo negro
mordiendo al blanco...
Sutilezas de la calle del oro,
en la noche en que comparaba
la vida con un cigarro.
JavierElorza
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