A la musa de mis tristezas
Las manos,
suaves al tacto,
terciopelo caliente,
seda tersa,
lo más querido eran las manos.
Como peines caminaban entre tu pelo,
como rastrillos arando desiertos
rozaban la espalda, la piel...
Subían al cuello...
el labio,
que es distinto a la piel, se pegaba a
los dedos.
Calor se siente cuando exhalas,
paisaje de montañas
dibujan tanteando navegantes de los
páramos.
Esas manos rudas, que gustan de tus
pies,
sostienen mundos sin sostén,
cavan profundas zanjas en la memoria,
taladrando horrores diamantados,
ven en la negrura con mil soles,
buscando, buscando sin descanso,
corazones como el tuyo,
para reemplazar
al fallado.
JavierElorza
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