La mente despejada de matices, viéndose pura, desea volver a parar el tiempo, ser de nuevo aquel que subía a Ticuantepe, regresando de noche entre los mangos... en silencio.
Aún estaba él ahí,
esperando,
preocupado en el grosor de su cartera,
los papos de su cara,
el ombligo profundo, oscuro, sucio...
Otrora tayacán,
ahora pasaría por chango.
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