A los ojos del tiempo el mundo empezó en el día cero, el primero de
todos los días que se contaron, y en la primera hora del primer día,
cuando aún era de noche se la vio salir del mar. Era una niña de
cabellos largos, sus vestidos volaban como si fueran banderas.
Caminando tambaleante en la arena, con grandes esfuerzos se alejó de
la orilla, el mar suspiraba confuso, las olas rogaban por que
volviera, pero ella alejándose como pudo se perdió en la tierra...
lejos en la tierra.
Las quimeras irisadas y los castillos submarinos no eran nada ante
los árboles y las flores, los pies descalzos sentían la hierba
fresca, la arena cálida, los placeres del mundo se abrían a cada
paso, los goces de masticar la fruta, el estallar de las cerezas en
la boca, la miel y los olores... todos ellos placeres negados en la
profundidad del mar.
Poco a poco, disfrutando de los sentidos recién aprehendidos, los
pies descalzos sintieron la dureza de las piedras, los labios secos
por el sol se quebraban... el frío de la noche hacía tiritar a la
numen del poeta, miedo y asombro, soledad.
Pero las luces lejanas llegaron a los ojos, la puerta abierta tardó
nada en estar cerca, el calor de nuevo se abría en una morada
extraña.
Ya sabéis de quién hablo, quién escapó del mar para pisar la tierra... la espuma blanca.
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