Subiendo la colina, la roca escarpada,
la mandíbula aserrada del gran Fenris,
recordaban a su protectora, mansa y tierna,
que les daba carne en los labios
y un abrigo de aliento para el frío.
Luperca la loba, genial para ese momento...
con las rodillas llenas de nieve,
rostros aguileños y ojos rasgados,
abrigos de pieles que tapan
a todas las razas de occidente.
Siete romanos con capas escarlata,
vaho por resuello y horizonte tras los sueños,
cuerpos hechos de roca pulida mil veces por el hierro,
pasos firmes bajo penachos sin bandera,
y como siempre el Aquila Immortalis a la delantera.
JavierElorza
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