lunes, noviembre 19, 2007

XXVI

XXVI


Veintiséis días se tardan en llegar a la isla del ermitaño...

allá donde las nubes se confunden con el horizonte

y la tempestad gime como un niño herido,

graniza y nieva en mitad del mar

y los ecos del abismo son lamentos espantosos.


No sé donde es mejor estar,

en la fría gruta que da cobijo a su único habitante

o en mitad del mar sufriendo erizados huracanes,

quejosos como ancianos con los huesos quebrados.


Cuando uno baja nadie se atreve a seguirle,

camina solo en el valle hueco, cruzando la ladera del volcán,

hasta la cueva enorme que huele a azufre,

y es allí donde se detiene dudando y sonríe por última vez.


El agua golpea tan fuerte que se escapan carcajadas...

de las cascadas, risas que alegrarían a mismísima desesperación.

Se presentan las tinieblas abiertas de par en par,

dando la bienvenida al corazón del volcán.



Et exeunte eo de navi, statim occurrit ei de monumentis homo in spiritu immundo.

Marcum 5, 2.


JavierElorza

1 comentario:

Roshan dijo...

Excelente, me encantaron las metáforas utilizadas, profundo el poema, incluso lo tuve que leer 2 veces, suerte.